Testigo de tiempos turbulentos
Por Gerardo Cordero / endi.com

"Si el patio de la prisión estaba vacío era señal de problema. Alguna cosa mala podía pasar en cualquier momento", aseguró el confinado Ángel Feliciano Hernández.

El sexagenario condenado a cadena perpetua hizo el señalamiento a El Nuevo Día al rememorar polémicos momentos en el Oso Blanco.

"Para mi el peor motín fue el 30 de agosto de 1974. Ese día fue terrible. Hubo tres muertos y como siete heridos graves", sentenció.

"Fue a la hora de la comida y todo el mundo tuvo que pelear. Fue para acabar con un abuso que un grupito tenía con Santos Pérez Díaz", agregó transportándose a las sangrientas horas donde las fisgas se movieron rápido para lacerar cuerpos y segar las vidas de Talega, El Indio y una tercera víctima que los diarios no identificaron.

Feliciano Hernández recordó que la reyerta surgió después que unos abusadores, encabezados por un reo conocido como "El negro Richard", amarraron a Pérez Díaz y lo torturaron pegándole un cuchillo caliente en el cuello. No pudo precisar los nombres de los muertos en aquel motín, pero diarios de la época confirman los tres decesos por él citados. Además, en los rotativos las autoridades identificaron como gravemente heridos a Antonio Santana Ortiz, Benjamín Gómez Figueroa y Luis Marrero, entre otros lesionados.

Motines como el relatado por El Jíbaro fueron frecuentes en las décadas de los setenta a los 80, cuando los propios reclusos realizaron intentos por restablecer el orden entre la población penal.

"El primero que trató de organizar a los presos se llamaba Ángel Luis Alicea, de Mayagüez, pero el tipo no tenía inteligencia para dirigir un grupo y nadie le hizo caso", contó con aplomo Feliciano Hernández.

"Entonces surgió la silueta de La Sombra. Su verdadero nombre era Carlos Rivera González, pero se conoció como Carlos Torres Iriarte. Para no manchar el nombre de su mamá no usaba sus apellidos. Era flaquito, bien alborotoso y bien inteligente. Entonces dijimos, vamos a pegarnos a La Sombra", explicó sentado en una chamuscada silla gris.

"Sombra no quería guerra. Lo de Sombra era pelear con el sistema de correccion, pero con sicología, con cartas de reclamos. Si no nos hacían caso, decretabamos un paro. El no quería la violencia en la cárcel", insistió al destacar que guarda entre documentos preciados 20 poemas escritos por Torres Iriarte.

Sobre el surgimiento del sugestivo nombre del grupo que comenzó a dirigir La Sombra, contrario a la explicación de un aforismo, ofrecida por otros confinados, Don Ángel aludió a una raíz emotiva.

"El grito era neta, no con eñe. Neta, que en lengua de los indios, cuando nace un niño, significa paz, gozo y alegría. No queríamos guerra entre nosotros. Lo que queríamos era pelear contra el sistema para que nos brindaran mejores condiciones en la cárcel", puntualizó Feliciano Hernández.

De esa forma, La Sombra, apoyado por su hermano Joaquín y otros reos cansados de la anarquía y la violencia nociva para todos los presos, organizaron reglas claras. Así la Asociación Pro Derechos del Confinado, como se forjó desde el principio La Ñeta, ganó adeptos en la Penitenciaría Estatal y en todas las cárceles de Puerto Rico donde lograron frenar la violencia.

No obstante, La Ñeta, con su filosofía de repudio a los condenados por crímenes contra las mujeres, los niños y los ancianos, entre otros delitos graves, tuvo en “Los 27” su principal rival. Feliciano Hernández conoció también al directivo de esa ganga, José Ayala Ortiz, apodado Manota.

Ambos líderes murieron de forma violenta. La Sombra fue asesinado en el patio de la Penitenciaría Estatal en medio de un altercado a pleno sol, durante la hora de recreación. "Yo no estaba aquí para ese tiempo, pero según me contaron, lo dejaron solo peleando". Fue el 30 de marzo y la cárcel se quería caer", dijo tras un breve silencio. Después del crimen, la violencia resurgió desenfrenada.