Venganza y prisión de El Jíbaro
Por Gerardo Cordero / endi.com

Sus ojos de niño fueron testigo del abuso que cometió un hombre contra su padre.
Esa mala experiencia marcó su vida a los 11 años.

El agresor era un individuo corpulento, un levantador de pesas que casi lo deja huérfano.

Por eso, resolvió vengarse. Se armó de un machete y arremetió violento contra el sujeto.

Era el verano de 1958 y Ángel Feliciano Hernández tenía entonces 16 años.

Pensó que lo había matado, pero sólo lo dejó mutilado y gravemente herido.

Después del ataque huyó lejos del sector Cuba en Mayagüez, donde creció en el seno de una familia muy pobre.

Sin embargo, las autoridades eventualmente lo pusieron bajo arresto y lo llevaron a una cárcel en Aguadilla.

Así empezó la vida delictiva de El Jíbaro, como le llaman en la población penal, donde hoy, a sus 65 años, es uno de los residentes de mayor edad.

Feliciano Hernández ha vivido 47 años tras las rejas y gran parte de ese tiempo la Penitenciaría Estatal ha sido su casa. Ese hogar hoy tiene sus días contados como recinto correccional y las propuestas de cambio le intrigan.

Esa inquietud y otras situaciones le motivaron a revelar en entrevista con El Nuevo Día vivencias en la antigua prisión y expectativas para "sus últimos años de vida".

"Los días más duros los pasé en el calabozo. Fueron cuatro años, ocho meses y 17 días encerrado allí. Estaba desnudo todo el tiempo, sin mattress, sin sábanas, sin nada", narró reflexivo.

"Para que me bañara me echaban agua con una manguera que asomaban por un hueco y por ahí también me entregaban la comida. Esa era la sección de máxima seguridad y allí en otras celdas estaba Tomás Trampa, Antonio García López y otros que eran los presos más temidos de Puerto Rico", explicó Feliciano Hernández al referirse a tiempos sin mayores regulaciones de condiciones carcelarias.
Con estilo campechano, El Jíbaro relató que cuando llegó al Oso Blanco percibió opciones de rehabilitación.

"Había trabajo y estudio. Había terreno para sembrar y a mi me autorizaron a cultivar hortalizas. Fui sastre, cocinero, planchador, pulidor de pisos. Se trabajaba duro. Pero la cosa se puso difícil después de los setenta", sostuvo.

"Al principio había que trabajar y estudiar obligado, pero todo eso se fue cayendo. En 1974 se eliminaron los maestros y empezó la violencia.Entonces, tenía que dormir con un cuchillo amarrao a la cama porque no se sabía cuando alguien te podía atacar", recalcó enérgico.

Según el reo sentenciado a cadena perpetua, los problemas en el Oso Blanco se complicaron a raíz del cierre de la Cárcel de Miramar. En esa prisión estaban confinados jóvenes adultos y también menores que fueron reubicados en Río Piedras.

"Cuando cierran la Cárcel de Miramar y llegan los menores la gente no cabía. Se dormía en los pasillos y en el piso. Entonces empezaron los robos, los asaltos. Esperaban que salieras de la comisaría y te asaltaban a punta de cuchillo en la misma puerta para quitarte tus cosas. Así empezó el descontrol y comenzaron las guerras", recordó.

"Esto aquí no está fácil…Si hubiese sabido lo que era la prisión, jamás habría caído preso", agregó al revelar momentos angustiosos que le regaló la violencia y el castigo del encierro.

Uno de esas situaciones ocurrió un 10 de septiembre. "Ese día el capellán Luis Martínez Robles llegó y me dijo: 'estás preparado para cualquier noticia'. Yo le respondí: si mi suegra murió, hace tres meses que lo soñé. Si es mi mamá también. Estaba en un ataud, pero cuando yo llegúe se levantó. A él se le salieron las lagrimas y me dijo: 'tu mamá murió'.

"Yo le pregunté me van a llevar a verla. “Él me dijo que tenía varios hombres para vigilarme, pero el permiso no llegó…Me dijo, la enterramos ayer", recordó al tiempo que trató de contener las lágrimas. "Ese fue el momento más difícil de toda mi vida", concluyó.