RECUERDOS
MENSAJE DEL DIRECTOR
MENSAJE DE LA EDITORA
SOLDADOS
por Mayra Montero
Antonio J. Sledd Figueroa
Robert Marcus Rodríguez
Orlando Morales
Andrew J. Avilés
Gil Mercado Román
Richard Orengo
Kelvin Feliciano
Juan M. Serrano
Frances M. Benítez
Joel Pérez
Francisco Martínez Jiménez
José A. Rivera Aponte
Ernesto Blanco Caldas
Jocelyn Carrasquillo
Fernando Méndez Aceves
Melvin Mora
Jacob Mártir
Gary A. Vaillant
Michael A. Martínez
Carlos Camacho Rivera
Henry Irizarry
José A. Rivera Serrano
Pedro Muñoz Yambó
Lizbeth Robles
Julio Negrón
Francisco G. Martínez
Ramón Mateo
Aleina Ramírez González
Carlos J. Gil
Ramón Reyes Torres
Isaac Michael Nieves
David Ayala
Edwin Matos Colón
Ricardo Antonio Crocker García
Miguel Angel Ramos Vargas
Emmanuel Hernández Cales
Manuel Hornedo
Miguel Carrasquillo
Carlos Díaz
Ramón Acevedo Aponte
Antonio Méndez Sánchez
Alexis Román
Javier Antonio Rivera Villanueva
Milton Rivera Vargas
William López
Isaías Santos Luzcando
Jason López Reyes
Radamés Camilo Matos
Orville Gerena Quiñones
Luis Manuel Meléndez Sánchez
Roberto Hernández
Ángel D. Mercado Velázquez
Yull Estrada Rodríguez
Jesús M. Montalvo
Joseph Alomar
Karl Soto Pinedo
Ed Santini De Jesús
Jason Núñez
David Alonso Mejías
Anthony Palermo
Pedro Jesús Colón
María Inés Ortiz
Wilberto Suliveras
Julián Inglés Ríos
Gregory Rivera Santiago
Ricardo Xavier Rodríguez Fernández
Issac Thomas Cortés
Ulises Burgos Cruz
 
SOLDADOS
por Mayra Montero

En las guerras -leí hace poco, ya no recuerdo dónde-, lo primero que muere es la verdad, luego las víctimas, y finalmente el recuerdo. Me atrevería a precisar que, más que el recuerdo, lo que muere es la memoria; esas rotundas, necesarias razones a las que se aferran los pueblos al principio: ¿por qué marchan los soldados?

¿En nombre de qué ideal se arriesgan? ¿Abrazando cuál bandera mueren? Y no me refiero a la bandera de un país u otro, eso es lo simple. Me refiero a la bandera de las ideas, la de la entrega, la de la vida que se extingue, y que es un hecho irreversible.

Irma Lopez, madre del fenecido soldado Melvin Mora, ve los dibujos que hacía su hijo. Arriba, una foto del soldado Richard Orengo, quien falleció en Irak, el 26 de junio de 2003. (Lino M. Prieto)

Ahora se sabe que no existían las armas. La razón por la que reventó este infierno, se fue diluyendo en los amaneceres de Bagdad, esos que vimos repetirse en los noticiarios de las grandes cadenas; las cámaras permanecían estáticas frente a los edificios, mientras pasaban los pájaros y las bombas, las bombas y los pájaros, así caímos en una suerte de hipnosis -algunos, en una especie de hastío- hasta que vimos rodar la estatua de Hussein.

Nos olvidamos de que todo había empezado por unas armas que, según admiten los propios jefes militares, no existieron nunca. Y tal parece que a nadie le importe. O mejor dicho: a nadie le importa. Ése es el peor artilugio bélico, el arma más temible en cualquier circunstancia, mucho más que las ojivas nucleares o químicas: la indiferencia de los ciudadanos, y la sospecha de que poco a poco se han ido esfumando los principios.

El mundo es más seguro hoy que cuando Irak era gobernado por Saddam Hussein, ya lo creo que sí, es más seguro porque nos quitamos los zapatos en los aeropuertos. También les toman fotografías y les cogen huellas a los extranjeros; a veces los detienen un rato y los acribillan a preguntas, sobre todo si provienen de determinados países, o si tienen la mala fortuna de llevar extraños apellidos. Es una seguridad artificial, basada en el blindaje, no en la convicción; pegada con alfileres, no articulada por la sensatez.

Los defensores del neoconservadurismo sostienen que la seguridad colectiva es un espejismo, y que la única alternativa a la unilateralidad es el caos. En otras palabras: o ellos, o la hecatombe. O la guerra, o el descalabro bíblico. En algunos medios -y pienso, por ejemplo, en el Weekly Standard- sólo se habla de hegemonía, de conquistas militares, de la fuerza democratizadora de los cañones. Michael Ledeen, el ideólogo que parece salido de uno de los carros de Mad Max, lo ha dicho claro, alto y estentóreo: "El mejor programa democrático jamás inventado es el Ejército de Estados Unidos".

Precisamente a ese "programa democrático" pertenecen los caídos. Los soldados norteamericanos, sí, pero también los de aquí, los hombres y mujeres que hoy nos ocupan y que forman ese entramado crucial: 32 vidas con sus 32 muertes.

No volverán a sus familias, a sus pequeñas rutinas, a pestañear por las mañanas, a tener domingos, a ver televisión, a comer golosinas. Leí que uno de ellos, poco antes de morir, se despojó de toda la inocencia y sólo codiciaba una sencilla, indispensable gloria: sobrevivir a como diera lugar, no tanto a las balas como a su propio desencanto. Lo expresó magníficamente en una carta a su familia, pero no volvió, cayó antes de poder lograrlo.

Desde que el mundo es mundo, ha habido muchas clases de guerras: las de conquista, las de liberación, las que se pelearon en nombre de la fe, o en nombre de la paz, o por causa de las grandes desigualdades del mundo. Ésta es distinta, porque se ha convertido en un oscuro monólogo, incomprensible para un buen número de soldados, que demuestran valor y obedecen con el corazón en la mano; defienden lo que les mandan a defender: un bunker, un oleoducto, un centro de telecomunicaciones. Pero quizá secretamente se pregunten si en ese Bagdad polvoriento, desolado, irreconocible, cabe aún una muerte gloriosa. Apuesto a que a menudo piensan en la muerte. Es un contrapunteo desgarrado: la familia y la muerte; el barrio y la muerte; los amigos, los que los esperan de este lado, y la definitiva lejanía. Nadie, supongo que ellos tampoco, ve la luz al final del túnel. Porque no hay luz. Hay un borboteante pozo de petróleo que de vez en cuando arde, salta en pedazos, arruina incluso las expectativas de los empresarios que pensaron que la operación iba a ser un paseo.

Lo siento, pero me pregunto, ¿qué hacen aún allí? ¿Cuánto más tendrá que crecer esta ominosa lista? 32 almas que pertenecen a donde pertenecen, a unas Antillas que antes fueron guerreras, siempre lo han sido, pero jamás por una causa que oliera a gasolina. Prendo el televisor y veo al Presidente cogido de la mano de un príncipe saudí. Pasean con los deditos entrelazados, como dos niños amigables, sonriendo a los encantos de la primavera. Y mientras tanto, los soldados se sofocan, se desvanecen del cansancio, de la sed, en ocasiones del hambre; sufren melancolía, pánico, horror de ver las vísceras abiertas del que apenas un segundo atrás fumaba tranquilamente a su lado. Dicen que la muerte pone las cosas en su justa perspectiva. Las víctimas no vuelven. El recuerdo acaso no perdure mucho. Pero el que más y el que menos cree en la resurrección de la verdad.

Hay que creer en eso.