Fueron
hijos, hermanos, padres, esposos y amigos de seres que
los amaron antes de que la guerra pusiera fin a sus
vidas, y aún los siguen queriendo a través de los recuerdos.
Vinieron de diferentes extracciones, formas de crianza
y creencias religiosas. Uno de ellos, incluso, hasta
de otro país. Pero más allá de que su sangre fue derramada
y en algunos casos entremezclada en las arenas de desiertos
tan atípicos a los lugares que los vieron nacer, a las
vidas perdidas en Irak y Afganistán les unen vivencias
que se entrelazan como eslabones de una misma historia:
la de hombres y mujeres que buscaron, a su entender,
la mejor ruta para alcanzar sus sueños.
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| Los soldados fallecidos
han sido honrados en la exhibición Eyes Wide
Open, un memorial itinerante del American Friends
Service Committee sobre el costo de vida en la guerra
en Irak, que los conmemora con botas de combate
vacías. (Pedro R. Berríos) |
El ingresar a las fuerzas armadas fue esa ruta para muchos
de ellos. La que les permitiría empezar, o encaminar,
sus estudios; la que proveería una mejor vida. Incluso
algunos escogieron ir a Irak para mejorar su situación
económica, ya que el salario de un soldado en combate
aumenta significativamente. Para otros, la milicia fue
su pasión y el estilo de vida que conocieron desde pequeños,
aprendida de padres militares de carrera.
Veintisiete de ellos perecieron
como consecuencia de la invasión y ocupación de Irak
que comenzó el 19 de marzo de 2003; el operativo militar
Libertad Iraquí ("Iraqi Freedom").
Estos soldados han sido honrados
en la exhibición Eyes Wide Open, un memorial itinerante
del American Friends Service Committee sobre el costo
de vida en la guerra en Irak que conmemora a los caídos
con botas de combate vacías. Cada perfil en estas páginas
incluye una foto de las botas que honran a los boricuas
tomada cuando la exhibición fue montada en Sacramento,
California.
Para los boricuas que murieron
en Afganistán en el operativo Libertad Duradera ("Enduring
Freedom") -una ofensiva militar lanzada por los EE.UU.
el 7 de octubre de 2001 como parte de su lucha contra
el terrorismo por los ataques en suelo estadounidense
del 11 de septiembre de ese año- reproducimos el concepto
de las botas. La primera baja boricua -y neoyorquina-
de la guerra en Irak fue Robert Marcus Rodríguez, un
sargento que en honor a su madre llevaba una flor de
amarilis tatuada sobre su corazón.
Frances M. Benítez fue la primera
mujer en perecer en Irak, pero otras féminas le harían compañía en esa oscura
lista. La edad promedio de estos soldados: 28 años.
El benjamín del grupo es Andrew J. Avilés, quien falleció
a los 17 años, dos semanas antes de cumplir la edad
legal para tomar esas cervezas que tanto anhelaba saborear
mientras veía un juego de fútbol junto a su padre.
Uno de los mayores fue Pedro Muñoz Yambó,
el primer soldado americano en morir en Afganistán quien,
a los 47 años, soñaba con retirarse para abrir una escuela
de paracaidismo. La emigración causó que 13 de estos
soldados se criaran fuera de Puerto Rico, pero todos
estaban orgullosos de su puertorriqueñidad. A Fernando
Méndez Aceves, un mexicano que consideraba a la Isla
como su segundo hogar, el Departamento de la Defensa
lo incluyó entre las bajas boricuas porque fue en Ponce
donde se enlistó en la Marina.
A estos soldados les unían intereses
similares como la música, el dibujo, los deportes, el
baile, la iglesia, el mar, el arroz con habichuelas
y el amor a sus allegados. Seres cuyas
diversas vivencias los llevaron por una misma ruta que
terminó al otro lado del hemisferio.
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