Son las botas de soldado el símbolo de sus historias. Sucias y gastadas unas, recién estrenadas otras.
De pequeños eran juguetones y traviesos, y pronto la vida los hizo hombres y mujeres que soñaban en el desierto o en la montaña con la cocina de mami, las cervezas con papi o los besos de la novia.
Sus sueños y ambiciones -según narradas por sus seres queridos- eran las que tenemos todos: hogar y trabajo.
Eran seres que aspiraban a ser educadores, comerciantes, médicos, masajistas, agentes del orden público, astrofísicos, predicadores y buenos vecinos. Todas vidas de igual valor. En este trabajo presentamos un perfil de estos soldados; apenas una instantánea de quiénes eran antes de que la guerra segara sus vidas.
A los familiares y a las amistades de estas víctimas les ha tocado ser los primeros en verse sumidos en la perplejidad, en la angustia y, finalmente, en el dolor por la pérdida de sus seres amados. A todos ellos nuestro profundo agradecimiento por las lágrimas y recuerdos que nos han permitido compartir en estas páginas.
A pesar de innumerables esfuerzos, algunos familiares no pudieron ser contactados. Otros, aún sumidos en el dolor, declinaron nuestra invitación. Aun así sus vidas aparecen reseñadas brevemente.
Los relatos de las vidas de estos seres humanos revuelan alrededor de las madres y esposas, padres de crianza y padres, hermanas y hermanos, amigos y amigas, de los pequeñines, que dejaron atrás y que ahora se encargan de celebrar su vida. Sus mundos -como los nuestros- se encuentran en la cotidianidad para siempre trastocada y, ahora, para siempre añorada.
Son las voces de los narradores los que ahora construyen con su recuerdo los altares orales. No para llorarles, sino para celebrarles y para que sus historias no queden en el olvido.
¿Quiénes eran? Cada uno, un universo.
