Tenía
apenas dos años de edad cuando agarró, sin permiso,
el calzado militar de su padre y se fue a marchar por
la casa.
Su padre corrió por su cámara y lo filmó. En la película,
Juan Manuel Serrano asoma una gran sonrisa, se lleva
la mano derecha a la frente haciendo el saludo militar
y comienza a marcar el paso en la misma loseta. Las
botas le llegan a las rodillas pero eso no le impide
marchar por la casa. Tampoco le resulta un obstáculo
la camisa militar que llevaba puesta, también de su
padre, y que le quedaba tan larga como una bata.
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| Una medalla de bronce que
fue otorgada a Juan, rodeada por fotos familiares.
(Juan Angel Alicea) |
Desde niño, Manolo, como le decían sus familiares,
jugaba a ser soldado. No sabía correr la bicicleta pero
imitaba muy bien el movimiento de caída del paracaidista
que salta de un avión. En la filmación, Manolo se tira
al suelo, queda acostado y mantiene los brazos juntos
sobre su pecho, mientras da un par de vueltas.
"Me veía practicando eso y me
imitaba", recuerda su padre Juan Serrano. Lo cierto
es que el tema militar se respiraba en la familia. Su
padre es reclutador y su abuelo y bisabuelo también
sirvieron en las fuerzas armadas. Hasta su padre de
crianza, Jimmy Martel, estuvo enlistado.
Era además ingenioso. Su hermano
menor, Juan Carlos, recuerda que durante un paseo vespertino,
Manolo se cortó un pie. Agarró un encendedor y acercó
la flama al herido meñique. Tenía la idea de que el
fuego contendría el sangrado y sanaría la herida.
"Es que a Manolo se le ocurría
cada cosa", cuenta Juan Carlos mientras intenta contener
sin éxito la risa que le provoca recordar el incidente
que añadió una quemadura al ya herido dedo.
"Intercambiábamos zapatos y camisas,
de todo, menos pantalones pues él era nalgón. Imagínate
que yo le decía 'la Chacón' ", dice el joven universitario
cuyo rostro asoma una rara mezcla de risas y lágrimas.
"Ese hermano mío era algo increíble. Siento que me arrancaron
un pedacito de mi corazón, que me falta algo, y que
ese algo lo voy a encontrar en algún sitio", dice.
Y es que Juan Manuel siempre
tenía una sonrisa, un chiste bajo la manga y los pies
prestos para salir a ayudar a cualquiera que lo llamara.
Eso lo sabían sus amigos, pero también los soldados
bajo su mando.
Una vez sólo tenía $20 en su
cartera y se los dio a un amigo que los necesitaba,
cuenta su viuda Evelyn. En otra ocasión, se fue a la
universidad todo el día, no a estudiar, sino a quedarse
en el pasillo cuidando el hijo a un amigo mientras éste
tomaba sus clases, narra su madre Marta Concepción.
Era de esos muchachos eléctricos
y con creatividad. Cuando Manolo se enamoró de Evelyn,
trabajaba como paramédico y tenía a su cargo una ambulancia.
En ocasiones paseaba el vehículo frente al hospedaje
de ella, hacía sonar la sirena para despertarla y a
través del altoparlante lanzaba frases que todo el vecindario
podía escuchar: "¡Mi amor, estoy por aquí!"
Manolo no era su único apodo.
Evelyn le decía "el multiusos" porque Manolo lo mismo
ayudaba a limpiar en la casa, que hacía reparaciones
de hogar; o era un experto cocinando arroz con habichuelas,
bisté y tostones, aparte de ser un excelente nadador
y un bailarín virtuoso, entre otras cosas.
"No protestaba por nada. Imagínate
que mis padres siempre vivieron con nosotros y él nunca
se quejó", afirma Evelyn con quien procreó dos niños
y que se suman a dos vástagos mayores que Manolo engendró
en un matrimonio anterior.
Aparte de ser paramédico, trabajó
como "bartender" en un establecimiento en Mayagüez.
"Allí le daba por subirse a la barra a bailar", cuenta
su viuda entre risas.
Fue miembro de la fraternidad
Phi Epsilon Chi y era Masón, todo para conocer más gente
y poder ayudarlos, agrega Evelyn.
Intentó estudiar medicina, pero
la universidad no era para él. Así que cuando Cupido
lo flechó se animó a ingresar al Ejército y hacer una
carrera militar, algo que a Evelyn también le atraía.
Esa fue la ruta que lo llevó a Irak.
Aquella mañana de 24 de julio
de 2003, Manolo caminaba por una carretera polvorienta
de Irak con su fatiga color arena. Eran como las 10:00
a.m., pero el verano iraquí con su aire seco y la ausencia
de humedad hacía que la radiación solar convirtiera
el desierto en una gran parrilla natural.
Vio a un soldado que intentaba
sin éxito reparar el gigantesco neumático de su vehículo
militar. Se aseguró de llevar puesta la cadena con la
chapa de acero de identificación ("dog tag") y se ajustó
el rosario plástico que su madre le había enviado.
"Salte, que tú no sabes cómo
se hace eso", le dijo al soldado. Amarró la llanta con
una cadena porque no tenían a mano el "cage" o jaula
que se coloca para seguridad. El silbido del llenador
se interrumpió súbitamente con una explosión. El neumático
estalló y desde éste salió expedida a toda fuerza su
anilla que golpeó a Manolo en la cabeza. Todo se oscureció
para él a los 31 años, como si hubiera caído la noche,
pero con un amanecer que nunca llegó.
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