“Todos
acá estamos locos por salir de aquí, o sea, el sitio
no es malo, es que uno se cansa de estar solo por acá
sin la familia”.
"Pero no te preocupes por eso, que ya falta menos que
al principio y verás que con el favor de Dios y la Virgen
todo nos va a salir bien y vamos a lograr nuestras metas".
Así lee la última carta, sin fecha
ni despedida, que recibió Carmen Ivette Berríos, semanas
después del fallecimiento de su esposo, Richard Paul
Orengo Ryan, miembro de la Guardia Nacional de Puerto
Rico y agente de la Unidad Motorizada de la Policía
en Bayamón.
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| Richard Orengo era miembro
de la Guardia Nacional de Puerto Rico y agente de
la Unidad Motorizada de la Policía en Bayamón. (Lino
Prieto) |
A los 32 años de edad, el reservista se convirtió en
la primera baja de la Guardia Nacional en los últimos
cincuenta años, cuando el 26 de junio de 2003 el vehículo
en que viajaba junto a compañeros de la tropa 755 de la
policía militar fue víctima de una emboscada en Irak.
No se suponía que Richard fuera
en ese viaje. Pero era un apasionado de la fotografía
y como deseaba documentar el momento, cambió de turno
con uno de sus compañeros.
El joven padre de cuatro niños,
Richard (11), Steven (9), Brian (5) y Ricardo, su hijo
de crianza de 20 años, tampoco fue movilizado a Irak
sino que se apuntó como voluntario. Sentía una fascinación
enorme por el Ejército, tanto así que se enlistó antes
de ser mayor de edad y su tía, quien lo crió, tuvo que
firmar una autorización.
Años antes de ir a Irak, Richard
estuvo a punto de participar en la guerra de Kosovo,
pero no pudo ir porque en los días previos al viaje
se lesionó un tobillo durante una carrera de relevo
en unas competencias de la Policía. Carmen Ivette celebró
el percance porque estaba totalmente en contra de que
su marido se fuera. Sin embargo, pronto se prometió
a sí misma que la próxima vez lo apoyaría, al ver como
se deprimió.
"El quería cumplir como militar.
Hablaba mucho de la economía, decía que así íbamos a
estar mejor", relata Carmen Ivette, quien se refiere
a la ofensiva en Irak como "la guerra del orgullo".
Su esposo sentía también una
gran afición por todo lo que representara un riesgo,
una aventura. Entre sus pasatiempos favoritos estaba
pasear en motora junto a ella y un grupo de motociclistas
que se hace llamar "Las Polillas". Las motoras le gustaban
tanto que hasta tenía una réplica de la suya tatuada
en un brazo y el símbolo de Harley Davidson en el otro.
Asimismo, Richard era una persona
humilde y un ser entregado a su familia, según lo recuerda
su compadre, Roberto Lugo. "Él estaba bien pendiente
a sus hijos y los atendía a todos por igual. Trabajaba
en la Policía, estaba en la Reserva, hacía patios y
cualquier actividad para sufragar los gastos de la casa.
Con todo y eso siempre estuvo ahí para sus hijos...
Meses antes me había dicho que iba para Irak, lo hizo
por su familia, él entendía que así iban a estar mejor
(económicamente)", señaló Lugo.
José Cortés, quien compartía
el mismo turno de trabajo con Richard, en la Unidad
Motorizada del cuartel Bayamón Oeste, también le recuerda
como un hombre que valoraba la vida familiar sobre todas
las cosas. "Lo más que me llamaba la atención era que
siempre hablaba de su esposa y sus hijos, eran especiales
para él. Entiendo que era una familia muy unida", afirmó
el agente.
Los meses antes de la movilización
a Irak, la familia vivió momentos inolvidables. Visitaron
distintos pueblos y Richard hizo cosas que anhelaba,
como tirarse de paracaídas y volar en helicóptero junto
a sus hijos para admirar a San Juan.
La madrugada antes de partir,
como si supiera que no iba a volver, se despidió de
su esposa entre lágrimas. "Me dijo que él sabía que
yo era fuerte, que si él faltaba yo podía echar a los
nenes adelante. Lloró muchísimo, él que no lloraba",
recuerda Carmen Ivette. Luego le entregó una a una sus
prendas para que se las entregara a sus hijos.
Richard partió a Bagdad el 30
de abril y desde entonces, llamaba a su casa cuando
se lo permitían, pero continuamente enviaba fotos, vídeos
y cartas a su familia. Contaba poco de las dificultades
que estaba pasando, porque, según Carmen Ivette, prefería
mantener el sentido del humor en todo momento, para
no preocuparla.
Bromeando, Richard le decía a
Carmen Ivette que no se preocupara tanto por él, que
se preocupara cuando los militares la visitaran, porque
nunca iban a llevar buenas noticias. Por eso cuando
la mañana del 26 de junio los vio llegar corrió hacia
la parte de atrás de la casa y ahogada en un profundo
llanto, intentó infructuosamente evadir su presencia.
Casi dos años después de ese
día, Carmen Ivette vive en Arecibo, lejos de la casa
que compartía con Richard en Toa Baja.
En el nuevo hogar ha colocado
las fotos de la familia y ha preparado un espacio completamente
dedicado a la memoria de su gran amor.
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