Cabalgando
libre, exultando vida, la fotografía en la pared de
la sala de un niño sonriendo al galope de un caballo
habla de alegría. Y por un instante, pareciera que la
risa del travieso Andy aún se escucha por los rincones
de su casa.
Sentada en una esquina rodeada de retratos de tres niños
que sonríen felices, uno de ellos Andy, doña Norma habla
de su hijo sin parar, y al hacerlo, parecería que éste
va a entrar a la sala en cualquier momento y abrazándola,
empezará a contarle como estuvo el día en la escuela,
cómo le fue en el cine con su novia.
Su sonrisa fácil y de seguro cautivadora,
dejaba entrever una hilera de dientes bien cuidados
y fuertes, como los músculos de su grácil anatomía que
empero, está muy distante de ser el cuerpo de alguien
que echa porras a los futbolistas y lleva premios al
equipo de lucha libre de su escuela, y a quien un par
de guantes le cambió la vida para siempre.
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| Estas son las medallas de
Andrew y un libro escrito por un autor alemán sobre
su vida. Andrew murió como reservista en Irak hace
dos años. (Especial/Gerardo Mota) |
Es el marine soldado de Primera Clase Andrew Julián
Avilés Tamayo, mejor conocido en Tampa como "Andy", un
joven bromista, simpático que amaba los desafíos y era
capaz de hacer el ridículo con tal de desternillarse de
la risa, o si de esa manera conseguía aventajar a su competencia
por las chicas.
Buen hijo, mentía en sus cartas
para no preocupar a sus padres. "Si yo fuera ustedes,
no me preocuparía. Estoy muy seguro que estaré de regreso
a tiempo para la temporada de fútbol, así es que papá,
asegúrate de tener muchas cervezas..." escribió Andy
durante su camino hacia el frente de batallas, el 6
de marzo de 2003.
Su carácter bromista se dejó
entrever aún camino hacia el frente. "Si vieras los
cigarrillos hediondos que fuman los ingleses, son de
los que tú fumarías, Papá", le escribió a don Oscar.
"Envíame tres pantalones cortos, y una caja de cigarrillos,
no para fumármelos todos, pero para ganar dinero", dijo
en una carta fechada el 9 de marzo.
Multifacético, amante del arroz
con gandules, los pasteles, los camarones, las películas
y los cartones animados japoneses, nunca le tuvo miedo
a la guerra.
El día amaneció gris y lluvioso
a pocas millas de la capital de Irak, frente al puente
que su tanque nunca llegó a cruzar, ya que fue bombardeado
por tropas enemigas, el 7 de abril de 2003, dos semanas
antes de cumplir los tan esperados 18 años y poder,
como le decía a don Oscar, "tomar cerveza".
Era buen estudiante, con notas
por encima del promedio. A él acudían, sin reparos,
sus compañeros de estudios cuando necesitaban una mano
amiga o simplemente un hombro donde derramar las frustraciones
de un examen no pasado o compartir la complicidad de
un momento de triunfo.
"Andy era un estudiante sumamente
popular, amigo de todos, puedo decir que no habrá nadie
igual a él en esta escuela. Su genio y habilidades para
resolver problemas y escuchar hacían de él una persona
muy querida que caía bien en cualquier grupo", recuerda
su maestro Bill Gonedridge.
Michael DePue, entrenador del
equipo de Fútbol de la Robinson piensa que la carismática
personalidad de Andy, su brillantez en todo lo que se
proponía y hasta su extraordinario sentido del humor,
no fueron una causalidad.
"Todo eso fue producto de un
niño que creció en una familia adorable, unida y muy
querida por nosotros en esta escuela", confiesa DePue,
quien además fue profesor de Andy en su tercer año de
sus estudios secundarios.
Andy no siempre fue el muchacho
desenfadado, juguetón y bromista que todos describen
con jovialidad. "Aún a los cinco años era un niño muy
tímido, pero cuando entró al primer grado se salió de
su cascarón y se transformó en un niño muy popular",
afirma su padre don Oscar Avilés.
"Ese muchacho era tremendo. Me
preocupaba un poco porque no estudiaba. Siempre decía
'no te preocupes papá, lo tengo cubierto', y así era,
porque siempre sacaba buenas notas. Es que ese Andy
era superinteligente", dice don Oscar con orgullo.
Nunca se enfadaba ni se sentía
perdedor cuando las novias lo dejaban. "A Andy le encantaban
las muchachas, pero decía que no tenía novias, porque
según él, las novias siempre son un drama y salen caras".
Al decir esto, la cara de doña
Norma se ilumina, sonríe a carcajadas y no puede evitar
decir que Andy "siempre se las arreglaba para pelearse
con sus novias en Navidad y el Día de San Valentín para
no darles regalos".
Ser cadete fue algo que Andy
se tomó muy en serio, afirman sus instructores.
"Andy fue el mejor alumno que
he tenido. Muchos personas se hacen héroes; él nació
siéndolo", dice con pasión el sargento mayor e instructor
de Andrew, Michael Bergy, quien aún conserva el pupitre
de Andy en su salón de clases del ROTC (Entrenamiento
de la Reserva Naval de los Estados Unidos) y una fotografía
de Andy ocupando el espacio en su lugar.
"Andy era una persona que lo
daba todo, con gran liderazgo y muy meticuloso con su
uniforme, éste tenía que estar limpio y brillante",
recuerda el comandante Laud McKay, instructor de historia,
cívica y astronomía del ROTC de Andy por dos años.
Andy tenía planes ambiciosos,
dice su madre. Quería ser administrador de empresas,
pero después de graduarse de la secundaria, tuvo que
esperar unos meses hasta que las clases empezaran en
la Universidad del Estado de la Florida, donde obtuvo
una beca completa de cuatro años.
Inquieto como era, Andy no era
del tipo que sentaba a ver la vida pasar. El era pura
vida, hasta que un par de guantes le cambió su existencia
y lo llevó hacia una playa sin agua, y convirtió su
futuro en un espejismo.
"Un día, Andy estaba leyendo
una de esas revistas para adolescentes y vio un anuncio
del Navy ofreciendo un guante gratis para levantar pesas,
a quienes solicitaran más información, y Andy, amante
del deporte como era, no lo pensó dos veces, esos guantes
le atrajeron tanto..." narra don Oscar, y su voz se
vuelve queda, casi en murmullo añade, "le dije que nada
en la vida era gratis... Detrás del guante llegó un
entrenador de la Fuerza Naval".
Desde entonces, la resonancia
de las risotadas de Andy por la casa, se escuchan sólo
en las memorias de aquellos que lo conocieron y amaron.
Seis meses después, y pocos días después de graduarse
de adiestramiento básico en la reserva de la Marina
de los Estados Unidos su compañía, el Cuatro Batallón
de Asalto Anfibio, tuvo que irse a la guerra, en enero
del 2003.
Andy murió antes de llegar al
frente, pero nunca perdió la esperanza de vida, ni mucho
menos la hilaridad, el liderazgo y los ánimos de acero
que lo caracterizaban, como cuando en medio de la desolación,
el temor y la amenaza, le dijo a su mejor amigo, "no
estés triste, el sol va a salir de nuevo, pronto".
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