Francisco
Gregorio Martínez Hernández soñaba con ser artista gráfico
y hacer música junto a su amigo de la adolescencia y
compañero de andanzas, Abdiel Segarra.
Planeaba, además, casarse con su novia Mirella, una
joven de ascendencia checoslovaca, y formar una familia.
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| El soldado Francisco G.
Martínez junto a su madre, Carmen Hernández. Arriba,
Francisco junto a su amigo Abdiel Segarra durante
su graduación del Colegio Bautista de Carolina.
(Album familiar) |
"Dibujaba muchísimo. También se la pasaba cantando
y escribiendo música", relata Abdiel, de 20 años, sobre
los años que compartió con "Paquito" cuando ambos eran
estudiantes del Colegio Bautista en Carolina.
El intrépido dúo también compartía
la afición por el skateboard (la patineta) y las letras.
Francisco prefería la poesía en inglés y Abdiel, la
poesía en español.
Además, coincidían en su desprecio
por los deportes. Por eso, se las ingeniaban -ocultándose
en una rendija entre la cancha y el estacionamiento
de las guaguas- para no correr la milla diaria que exigía
el maestro de la clase de Educación Física.
"Francisco era un muchacho seguro
de sí mismo. Muchas de las superficialidades le preocupaban
poco", comenta el guitarrista y estudiante de la Escuela
de Artes Plásticas. Esta confianza se reflejaba en su
honestidad, su optimismo y la alegría que siempre irradiaba,
regocijo que capturaran sus fotografías, donde siempre
luce su mítica sonrisa. También se destacaba en su forma
de vestir. Como la primera vez que plantó pie en el
Colegio Bautista luciendo unos zapatos "bien largos
y grandes", que le ganaron el apodo de Bozo, en alusión
a un famoso payaso de la época.
Francisco también era fanático
del rock heavy metal y el corned beef, pasión culinaria
que lo convocaba con urgencia al comedor escolar cada
vez que se servía este plato.
"Era un joven que no tenía miedos.
Era bien alerta e inteligente, pero vago para estudiar",
comenta Andrea Pérez Rivas, su compañera de estudios
y novia durante la escuela superior.
La joven, de 21 años, ahora casada
y con un bebé, también recuerda que Francisco era sentimental
y bien amoroso con todo el mundo.
"Siempre terminaba sus cartas
pidiéndome que le dijera a su hermano menor que lo amaba
y que lo llevaba en su corazón", señala Andrea sobre
el tiempo que se cartearon cuando Francisco se mudó
a Forth Worth, Texas, a vivir con su padre.
La madre del soldado, Carmen
Hernández, explica que esa relación especial con su
hermano menor, Jean Ray Paravisini, de 9 años, comenzó
desde el vientre.
"Cuando todavía no sabíamos el
sexo de Jean Ray, se acostaba sobre mi barriga a hablarle
a su hermanito", dice doña Carmen.
Francisco, quien nació el 16
de diciembre de 1984 en el Centro Médico de Río Piedras,
tenía otra hermana, Mónica Martínez Figueroa, de 4 años.
Aunque pasó la mayor parte de
su vida en Puerto Rico, su familia residió en Alemania,
y los estados de Florida y Dakota del Norte en los Estados
Unidos durante los primeros años de su niñez. A Forth
Worth llegó a terminar su cuarto año de escuela superior.
"El nunca quiso ser militar", afirma su madre.
La idea, según cuenta, surgió
luego de que Francisco, a los 17 años, sostuvo una conversación
con su progenitor sobre las posibilidades de estudio
y trabajo que ofrece una carrera militar. Su padre Francisco
Tomás Martínez fue reservista del Ejército de Estados
Unidos y miembro activo de la Fuerza Aérea.
Fue así que Paquito, un joven
de profundas convicciones, ingresó a las Fuerzas Armadas
tras graduarse de la Eastern High School en Fort Worth.
"Voy a servir por mí, por mi
familia y aquellas personas que amo. No voy a servir
por mi país, ni por sus líderes. No voy a servir por
tu confort ni por tus lujos. Voy a luchar por MI vida,
y MI forma de vida. Cada hombre llamado está luchando
por lo que es correcto… Ellos y sus familias", escribió
el joven de 20 años, en un correo electrónico a sus
familiares antes de su partida a Irak, reseñado por
Prensa Asociada.
En ese momento, el soldado boricua
se encontraba en Corea del Sur, donde había cumplido
dos años de servicio.
Otros mensajes electrónicos recogen
su nerviosismo por la nueva encomienda que estaba a
punto de iniciar y por el entrenamiento que recibía
para convertirlo en lo que describía como "una máquina
para matar".
En la última conversación que
sostuvo con su mamá -una semana y media antes de morir-
también compartió reflexiones sobre su "misión" en la
antigua Mesopotamia.
"Estos niños se merecen una mejor
vida. Esto lo hago por él (su hermano menor) porque
nunca quiero ver esa tristeza en sus ojitos", recuerda
la madre del joven, mientras una lágrima recorre su
rostro.
Además, reiteró a su progenitora
y amiga la satisfacción que sintió al ver cómo el pueblo
iraquí salía a votar en las urnas en las elecciones
del pasado 30 de enero.
Ese empeño porque otras personas
gozaran de las mismas libertades y derechos que él gozaba,
lo llevó a preparar pancartas y a motivar a los iraquíes
para que no tuvieran miedo y participaran en el sufragio.
El soldado boricua Francisco
Gregorio Martínez Hernández murió el pasado 20 de marzo
de 2005 poco después de que el proyectil de un francotirador
lo alcanzara mientras patrullaba a pie un vecindario
en la ciudad de Ramadi, a 75 millas del oeste de Bagdad.
Minutos antes del ataque, el
militar conversaba con una corresponsal de guerra sobre
su gusto por los pasteles y las parrandas navideñas
en Puerto Rico. Mientras, al otro lado del mundo, su
madre llevaba días preparando un paquete con los antojitos
de su hijo.
"Murió antes de recibir los besitos
de coco que me había pedido", lamenta entre sollozos. |