A continuación,
quizás la más importante de todas las conversaciones
que sostuvieron Judith Díaz y su hija Lizbeth Robles.
- 'Mami, voy a llenar los papeles para el Ejército".
- "¿Tú sabes lo que estás diciendo? Piénsalo bien".
- "Y no ores por eso (en contra de sus deseos de unirse
a la milicia). Quiero ir al Ejército".
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| Esta es la última carta
que envió Lizbeth Robles a sus padres, Judith Díaz
y Santiago Robles. (Ramón 'Tonito” Zayas) Arriba,
el momento en que los militares retiran la bandera
de Estados Unidos del ataúd de la soldado Lizbeth
Robles, durante el sepelio efectuado en marzo pasado.(José
Rodríguez) |
"Ella sabía que cuando nosotros oramos, Dios contesta",
dice doña Judith.
¿Le hizo caso?, se le pregunta.
"Yo pensé: 'Señor, Lizzie tiene
sus propósitos, pero si no es tu voluntad y si hay peligro
ciérrale todas las puertas".
Lizbeth Robles sentía un gran
deseo de convertirse en soldado y sólo una lesión en
un tobillo le impidió alcanzar la plaza de paracaidista
que tanto quería, por lo que optó por enlistarse hasta
convertirse en especialista en manejo de armas, incluyendo
químicas. Así, las oraciones de Judith dieron resultado,
pero quizás no como ella ansiaba.
Amante de la playa, el voleibol,
la fotografía, las discotecas y las alcapurrias, Lizbeth
se había entregado a Dios desde muy niña, allá para
1980 cuando sus padres, bajo el frío de Massachussets,
se convirtieron al evangelio.
De regreso en Puerto Rico fue
líder de jóvenes en el templo que sus padres pastoreaban
en Vega Baja. Encabezaba giras de jóvenes por la Isla,
predicaba, aprendió a tocar guitarra y cantaba en el
coro.
También le encantaba la milicia.
"Me había comentado que quería ir a la reserva y cuando
recibió los vídeos le encantó", recordó su hermano,
José Robles. - "Mami, voy a coger el examen. Ora para
que lo pase".
Judith sabía que ése era el anhelo
de su hija y asumió una posición neutral. No rezaría
ni a favor ni en contra de sus deseos.
-"Mami, me llamaron. Pasé el
examen".
-"Pues, ni modo".
Como estudiante sobresalió en
la escuela superior Lino Padrón Rivera. "Muy buena estudiante,
excelente. Siempre fue responsable. Ella se superó sola.
Nosotros pobres y ella con su esfuerzo cogió un carrito.
Un Pontiac Sunbird", recuerda su mamá.
Su vida universitaria la inició
en la American University de Manatí. "Estuvo un año,
pero no le sobraba casi nada de la beca. Allí todo es
caro y buscando donde hubiera más beca se fue para el
CUTA (ahora Recinto de Arecibo de la Universidad de
Puerto Rico)", explica su padre, Santiago Robles.
Una vez graduada, y tras experiencias
laborales en un restaurante de comida rápida y un supermercado,
consiguió trabajo en la farmacéutica Bristol Myers Squibb,
en Barceloneta.
Allí conoció a Cresencia Colón,
quien se convertiría en una de sus mejores amigas y
su cocinera de antojitos como arroz y habichuelas, chuletas
y tostones, la comida que anhelaba saborear Lizbeth
luego de meses fuera de la Isla tras cumplir misiones
con el Ejército.
"De las pocas amigas que tengo
Lizbeth fue una de ellas. Me decía: 'Tú te la pasas
regañándome', pero ella me veía como una mamá".
Colón, 10 años mayor que Lizbeth,
fue "víctima" del humor de Robles. Era viernes, segunda
jornada de las fiestas de la calle San Sebastián, y
Robles se apareció en la casa de su amiga.
Lizbeth: "Cres, vamos a las fiestas
de la San Sebastián".
Colón se vistió elegantemente
y con zapatos de tacos.
Lizbeth: "¿Vas a ir así?".
Lizbeth sólo cuestionaba la selección
de zapatos con tacos, los menos indicados para caminar
sobre adoquines.
Cresencia: "Sí, ¿qué de malo
tiene?".
Esa noche ocurrió un motín en
San Juan y mientras Lizbeth caminaba cómodamente en
zapatillas, Cresencia se las vio negras balaceándose
sobre sus tacos.
"Me cogió de boba. Ella iba bien
cómoda y me dijo: 'Vete así que no es na' ".
También disfrutaba hacerle maldades
a su hermano. Doña Judith recuerda un incidente en la
preadolescencia de Lizbeth, cuando ella y su hermano
discutieron por el uso del televisor.
"Cogí el televisor y ¡pángana!,
lo exploté frente a la casa. Cada uno cogió pa'l cuarto
y no salieron en toda la tarde", rememora Judith con
una sonrisa en su rostro.
Su hijo recuerda el coraje de
su madre, pero mientras Judith se lamentaba, él hacía
las pases con su hermana. "Al rato estábamos riéndonos
y jugando y la que se quedaba enchismá era mami", dice
José.
Decidida a lograr lo que quería,
Lizbeth pudo mantener las buenas notas al regresar a
Puerto Rico en 1983 tras vivir seis años en Massachusetts.
La transición de escuelas y la distancia entre las amistades
afectó a ambos hermanos.
Pero ella siempre estaba alegre
y se le hizo más fácil que a su hermano hacer amistades
en la nueva escuela.
"Todo lo cogía a chiste y no
era amargada ni se enfogonaba", recuerda una amiga,
Janice Dávila.
Era vivaracha, pero con el tema
de los muchachos y los novios era más discreta, afirma
su prima Glenda Sánchez, de 34 años. "Se dejaba querer
demasiado. Le preguntamos por qué se había metido (al
Ejército) y nos dijo que le gustaba".
Lizbeth se comunicó por última
vez con Glenda mediante correo electrónico el 3 de enero.
"Saludos desde Camp Virginia,
Kuwait. Estamos bien gracias a Dios, 'getting ready
to go to Camp Endurance and Mosul', Irak. Aparte de
lo demás todo bien. Mientras pueda te email, ok. Tan
pronto llegue a Irak te escribo. Saludos a todos
Les quiere y ama,
Lizbeth"
La preocupación de Lizbeth por
el bienestar de su familia estaba presente en sus mensajes,
en los que les urgía que se cuidaran. Sin embargo, no
pudo cuidarse como su familia hubiese querido, dice
doña Judith, quien asegura que "eso es lo más que me
duele".
Lizbeth viajaba como pasajero
en un camión militar que se accidentó mientras transitaba
por Bayji, Irak, el 28 de febrero. Falleció pocas horas
después en un hospital. Tenía 31 años. En el accidente
también perdió la vida su compatriota Julio E. Negrón. |