De Afganistán
a México y desde Puerto Rico hasta Carolina del Norte,
fueron innumerables las huellas que dejó en el camino
el sargento Primera Clase Pedro Antonio Muñoz Yambó.
Aun después de su muerte ha dejado otras huellas en
los corazones de familiares, amigos y hasta en niños
mexicanos huérfanos que nunca conoció.
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| Sobre estas líneas, Pedro
con su ahijado e hija. Arriba, Muñoz Yambó durante
una demostración de paracaidismo, deporte que practicaba
en su tiempo libre. (Album familiar) |
La perseverancia y sentido de lucha que distinguieron
a este sargento quebradillano quedarán de alguna forma
inmortalizados, sin haberlo planificado, en un hogar para
niños huérfanos que llevará su nombre en México. Parte
de los fondos para el hogar provienen de dinero recaudado
de la venta, en subasta, de un brazalete hecho por miembros
de las fuerzas especiales en honor a Muñoz Yambó.
En Nueva York se esculpe una
estatua en su honor, que estará expuesta en el Museo
de las Fuerzas Especiales de Fort Bragg, en Carolina
del Norte.
Y es que Muñoz Yambó fue tenaz
hasta el último momento, afirma su esposa por 18 años,
Gisela Muñoz.
"Pedro Antonio se caía, pero
se levantaba, y siempre decía que lo iba a hacer y lo
hacía... era bien perseverante", expresa Muñoz en entrevista
telefónica desde Carolina del Norte donde reside con
la hija de ambos de 17 años, Dalia.
Ese espíritu de lucha lo demostró
desde muy joven cuando vivía junto a sus padres y hermanos
en el pueblo de Quebradillas. A los 13 años, Pedri -como
lo llaman sus familiares- ya demostraba su heroísmo,
salvando a un niño que se ahogaba con un pedazo de carne.
Desde muy joven también demostró
su entrega por los deportes como las carreras en patines
y los torneos de sóftbol que jugó en el municipio y
en campeonatos estatales. También perteneció al equipo
del baloncesto superior Gallitos de Isabela, en el 1985.
"Él era un muchacho brillante
en los deportes y las actividades físicas... un G.I.
Joe de carne y hueso", comenta el maestro de educación
física José M. Pérez sobre su estudiante en la escuela
intermedia. Describe a Muñoz Yambó como un "superatleta"
y uno de los pocos estudiantes que podía practicar con
éxito cualquier deporte: sóftbol, béisbol, voleibol,
natación, ciclismo, atletismo y baloncesto.
"A él siempre le gustaban los
deportes de riesgo, y siempre quería ser el número uno
en todo como el más que corría patines de bota... y
jugando baloncesto quería ser el mejor rebotero", comenta
Noel "El Caminante" Velázquez, amigo de Muñoz Yambó
desde la infancia.
Para otro de sus amigos quebradillanos,
Dael González, "Peter" era una persona bien positiva
que alcanzaba lo que se proponía. Incluso habla de una
hazaña que hizo su amigo cuando le dio la vuelta a la
Isla en patines. Su última aventura fue en las Appalachian
Trail, cuando caminó 100 millas de Tennesse a Georgia
durante dos semanas.
Muñoz Yambó ingresó al Ejército
en el 1986. Para el 1991 fue asignado a las Fuerzas
Especiales del Ejército en Fuerte Bragg de Carolina
del Norte. Sus misiones en esta unidad especializada
lo llevaron hasta países de Centro y Suramérica, donde
realizaba una de sus funciones más apreciadas que era
entrenar a otras personas.
Pero también pudo combinar su
labor en el Ejército con otro deporte, al pertenecer
en el 1998 al equipo de paracaidismo Golden Knights.
Entre sus saltos más memorables, el que realizó en el
Fuerte Buchanan por la llegada del Comando Sur de Panamá.
Pero su momento de mayor orgullo fue haber saltado en
el New York Yankee Stadium, en la celebración del Army
Day, según escribe en un artículo del U.S. News la reportera
Linda Robinson, quien conoció a Muñoz Yambó en Colombia.
A raíz de los ataques terroristas
del 11 de septiembre de 2001 en suelo estadounidense,
Muñoz Yambó decidió salir del equipo de paracaidismo
y regresar a las Fuerzas Especiales.
"Papi", como lo conocían sus
compañeros soldados no por su edad sino por ser un mentor,
fue enviado a Afganistán en el otoño del 2004. El domingo
2 de enero pasado resultó herido de muerte en un tiroteo
cuando su patrulla cayó bajo fuego enemigo en una villa
cerca del campo aéreo Shindand en la provincia de Herat.
Fue el primer soldado americano que murió en Afganistán
en el 2005.
El extrovertido Pedri estudió
sus grados primarios en la Escuela Ramón E. Betances,
el nivel intermedio en la Escuela Pedro Albizu Campos
y en la secundaria Juan Alejo Arizmendi. Allí protagonizó
varias peleas cuando salía en defensa de otros.
Su hermano Javier ahora recuerda
esos tiempos con nostalgia porque siempre que intervenía
para defenderlo ambos terminaban peleando, castigados
por su padre, y finalmente escondidos debajo de la cama.
En Quebradillas, Josefina Yambó
Vargas recuerda a Pedri como un hijo travieso, pero
bueno que siempre la quería ayudar. Doña Josefina nunca
quiso que su hijo ingresara al Ejército, pero admitió
que a él le gustaba. Después de todo, su padre ya fallecido,
Antonio Muñoz Ramos también fue soldado.
En una carta enviada a su hermano
años atrás, el soldado expresó sentirse orgulloso del
Ejército porque le enseñó "a ser un buen hijo, un buen
esposo y un buen padre".
Muñoz Yambó murió a los 47 años.
Su retiro de las Fuerzas Armadas estaba programado para
octubre de este año; sin embargo, sus planes eran continuar
en el Ejército como civil. Soñaba con abrir una escuela
de paracaidismo para enseñarles a los jóvenes el deporte
que tanto disfrutó.
"Para él el Ejército fue lo más
grande y no quería salir de allí", explica Gisela quien
lo conoció en Quebradillas cuando ella tenía 21 años
y él 29. Asegura que su esposo entró al Ejército porque
en Puerto Rico no iba a poder "echar para adelante"
ante la falta de oportunidades de empleo.
"Pedro Antonio vivió su vida,
hizo todo lo que quiso... estos últimos años fue muy
feliz", asegura Gisela. "Hasta lo último defendió a
sus compañeros y dio la vida por ellos... ese fue Pedro
Antonio".
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