De pequeño,
Henry Irizarry Muñiz soñaba con ser soldado y pelear
en el desierto. Debajo de su residencia, recreaba un
campo de guerra. Soldaditos de plástico que atesoraba
le acompañaban en batallas desérticas imaginarias en
su barrio de siempre, en San Germán.
La imaginación de niño no da, sin embargo, para pensar
en cosas trágicas. Henry Irizarry Muñiz, nacido en Lajas
en 1966, murió en diciembre pasado en un lejano desierto,
como consecuencia de la guerra de Irak.
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| Henry Irizarry junto a su
esposa Jessica, con quien procreó un hijo. Arriba
en primer plano, Irizarry, quien había solicitado
su retiro, pero la guerra de Irak no le permitió
disfrutarlo.(Album familiar) |
Su niñez tuvo sus raíces en la municipalidad de San
Germán, con sus abuelos y hermanos, donde se destacó jugando
baloncesto en los equipos del caserío Recreo. "Era buen
jugador", recordó Oscar Irizarry, quien como su hermano
Henry, ha hecho de Connecticut su nuevo hogar, y le recuerda
como un "hombre trabajador y dedicado a su familia".
Su madre, María Muñiz, dijo que
a Henry, además del baloncesto y sus soldaditos de plástico,
le entusiasmaba el boxeo y le apasionaba irse al río
a nadar con los amigos. Doña María recuerda que todo
el que conocía a Henry se hacía su amigo. Y no olvida
que cuando era pequeño tenía la costumbre de llenarle
la casa de perritos.
"Cada vez que se encontraba uno
en la calle quería traerlo a la casa. Era humilde y
un buen hijo", relató.
De adolescente, Henry y su hermana
Brenda, a la que siempre estuvo muy cercano, se fueron
a vivir con un tío al Bronx, en Nueva York. Allí terminó
los requisitos de escuela secundaria y tan pronto pudo
se enlistó en la Guardia Nacional de Nueva York. Le
fascinaba dedicar los fines de semana a su trabajo militar.
"Su padre estuvo en la Segunda
Guerra Mundial. Le encantaba esa vida", recordó doña
María, al insistir en que su hijo siempre se visualizó,
de adulto, vistiendo un uniforme militar.
En Nueva York, tuvo sus primeros
amores y sus tres hijos mayores, Melissa, de 18 años;
Alex, de 16 y Daniel de 15. "Siempre se mantuvo en contacto
con ellos", dijo Brenda. Su empleo emblemático en Nueva
York fue en una mueblería de Brooklyn, donde ocupó el
puesto de gerente. En aquellos años, a Henry se le consideraba
todo un salsero.
Sus amigos cuentan que su vida
tomó un nuevo rumbo cuando conoció a Jessica. Eran el
uno para el otro, dicen amigos y familiares. Jessica
tenía una pequeña niña que Henry trató como si fuera
suya. El matrimonio procreó un niño, Jacob.
Henry cumplió los 20 años en
la Guardia Nacional de Nueva York en octubre de 2004.
En aquel momento, ya viviendo en Connecticut y dedicado
a su trabajo en una fábrica de calentadores, solicitó
su retiro, pero la guerra de Irak no le permitió disfrutarlo.
Por el contrario, un mes después
estaba en camino hacia Irak. Y su familia comenzó a
vivir las vicisitudes de tenerlo tan lejos. Después
de tantas batallas imaginarias, era la primera vez que
Henry estaba en una verdadero campo de batalla.
Sólo unos días antes de su muerte,
Irizarry había telefoneado a su esposa -como puntualmente
hacía una o dos veces en semana-, para notificarle que
le había tocado la buena suerte y que todo estaba preparado
para que le dieran autorización de ir a casa en Navidad.
"Nunca imaginé lo mucho que nos
quería y la falta que le hacíamos", dijo Jessica, al
recordar el cariño que su marido le profesaba a ella
y a sus hijos, a través de las llamadas telefónicas,
y las postales que les enviaba desde el país árabe.
Su hijo menor, de sólo cinco
anos, todavía pregunta si puede ir a ver a su padre
en la funeraria de su municipalidad de Waterbury, en
Connecticut, donde le vio por última vez, en diciembre
pasado. "Es muy difícil hacerle entender", agregó Jessica.
La familia, sin embargo, se fortalece
a través de sus creencias religiosas. Por los últimos
cinco años, cuando no estaba en el trabajo, el servicio
militar o en responsabilidades familiares, a Henry se
le encontraba en su iglesia pentescotal "El Aposento
Alto".
"Era clave en nuestra iglesia",
dijo el pastor David Torres, quien indicó que Irizarry
iba cuatro veces en semana a su iglesia, donde tenía
funciones de maestro de niños, diácono y miembro del
cuerpo ministerial.
"Era un colaborador incansable",
agregó Torres, quien dirige una congregación integrada
en un 98% por puertorriqueños.
El tiempo de descanso Irizarry
lo dedicaba a ver películas. "Le fascinaba, ese era
su 'hobby', el cual siguió (cultivando) incluso en Irak.
Cuando me llamaban me hablaba de las películas que había
podido ver, pues tenía su computadora personal y conseguía
algunas (en el mercado militar)", indicó Jessica Irizarry.
Su hermana Brenda fue quizá quien
creció más apegada al soldado boricua. "Siempre se estaba
riendo", indicó.
A juicio de Brenda, Henry se
marchó a la guerra sin tener muy clara la razón de la
invasión de Irak.
"Cumplió, como militar, con su
responsabilidad. Murió haciendo lo que más le gustaba,
eso para nosotros es un consuelo", dijo Brenda.
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