Para
conocerlo mejor sólo había que echarle un vistazo a
la caseta de campaña donde vivió los últimos días de
su vida. Era como dar un viaje a su Borinquen querida...
Junto a su arma, sus uniformes y sus botas bien lustradas,
convivían una lata de galletas Rositas, un CD player
agotado de tocar una salsa de Marc Anthony... y una
monoestrellada que gritaba a los cuatro vientos que,
en ese lejano Afganistán, había plantado bandera un
boricua, el sargento Orlando Morales.
“El adoraba a Puerto Rico”, cuenta
su hermana Blanca Morales. “Me contaba que las montañas
de Afganistán le recordaban tanto a Orocovis, donde
nos criamos”.
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| El sargento junto a su pequeña
hija Angeline Marie. (Album familiar) |
Cuando llamaba le pedía a su madre Cecilia, que le
enviara alcapurrias, pasteles, arroz con dulce y una bola
de queso.
"También nos pedía ron... yo se
lo mezclaba con jugo de manzana, para que pudiera pasar,
ya que está prohibido enviar licor a los soldados en
el frente de batalla", añade Blanca, al tiempo que se
le escapa un sollozo.
Pero lo más que extrañaba de su
patria eran las galletas Rositas. "Tan grande como estaba
y le encantaban esas galletitas como si fuera un niño",
dice doña Cecilia con un nudo en la garganta.
Allí, en su caseta, todo estaba
ordenado y limpio. "El odiaba que hubieran tormentas
de arena, porque le ensuciaban todo", señala por su
parte la viuda María Roxanna Morales.
Sus compañeros del Segundo Batallón
del Séptimo Grupo de Fuerzas Especiales se pasaban bromeando
a Mo (diminutivo de Morales), como lo llamaban, porque
al ducharse estaba horas en el baño. "Era muy coqueto",
confiesa María Roxanna, mientras mira un retrato del
que por casi tres años fuera el compañero de su vida.
"El era muy presumido... Le encantaba
estar bien vestido y peinado... él siempre me decía
que no me olvidara de enviarle jabones y desodorante.
Me acuerdo que desde chiquito le gustaba mirarse en
el espejo", agrega con una media sonrisa doña Cecilia.
Pero lo más que resaltaba en su
caseta eran las fotos por doquier de María Roxanna,
de su pequeña hija Angeline Marie, de su madre Cecilia
y de sus seis hermanos Nellie, Carmen, Blanca, Evelyn,
Frank y Raúl. "Éramos bien unidos todos... recuerdo
que antes de irse a su misión en Afganistán, nos reunió
a todos para avisarnos. Nos dijo que no nos preocupáramos
por él, que iba a regresar", señala Blanca con la voz
quebrada por el llanto.
Con la bandera americana que cubrió
su ataúd, uno de sus uniformes militares y sus botas
bien brilladitas, siempre al alcance de su vista, doña
Cecilia recuerda a su hijo como un muchacho bien tranquilo
y educado. "Yo diría que hasta tímido... Era buen hijo
y siempre estaba pendiente de mí, como me vio luchar
sola, ya que yo me divorcié cuando mis siete hijos eran
pequeños y me los llevé a Estados Unidos".
Orlando tenía seis años de edad
cuando, junto a su madre y a sus seis hermanos, salió
de su casa en Orocovis y llegó a un lugar frío y extraño
llamado Reading, en Pensilvania.
Aunque todo fue difícil y pasaron
muchas necesidades, la familia se mantuvo siempre muy
unida. "Mi hermano siempre estaba calladito, era muy
reservado. Frank, nuestro hermano mayor, lo protegía
mucho", señala Blanca.
Desde muy joven, estuvo obstinado
en formar una familia. A los 16 años, como si presintiera
que no iba a vivir mucho, hablaba de casarse y de tener
muchos hijos. Con ese empeño se fue a vivir con una
chica italiana que se embarazó con su primera hija.
La niña nació muerta.
"Eso le dolió mucho, por eso
volvió a Puerto Rico, y tratando de encontrar sentido
a su vida, se enlistó en el Army. Pensamos que era lo
mejor para él, pero después de lo que pasó, todo nos
sentimos un poco culpables", confiesa Blanca.
El fuerte entrenamiento militar
forjó un nuevo Orlan do. "El Ejército lo hizo más responsable,
más hombre... Yo no sabía que él era tan valiente hasta
que un día fui a su graduación de la escuela de paracaidistas
y lo vi tirarse de un avión", señala doña Cecilia.
También le tomó por sorpresa,
cuando el día de la boda de su hija Blanca, Orlando
se apareció con una mucha cha. "En medio de la fiesta,
se hincó con un anillo en sus manos y me pidió que me
casara con él", recuerda por su parte María Roxanna,
nacida en Bolivia, pero criada en el sur de la Florida.
Los dos se conocieron cuando un
medio hermano de María Roxanna trajo consigo a Orlando
en unas vacaciones a Miami desde Fort Campbell, en Kentucky,
don de ambos estaban estacionados. En mayo del 2000,
María Roxanna se casó con el hombre que aún llama su
Príncipe Azul.
"Le encantaba reparar todo en
la casa y así era en su campamento, hasta construyó
una plataforma especial para los jeep que llevaban ametralladoras.
Sus compañeros también lo llamaban Bob Vila (un constructor
que tiene un programa de mejoras en el hogar por la
televisión por cable)".
Orgulloso estaba porque ayudó
a construir el campamento de su compañía en Afganistán.
"Organizó las calles y hasta ayudó a ponerles nombre",
cuenta María Roxanna, quien planeaba darle un hermanito
a su hija Angeline Marie, quien coincidencialmente nació
tres días antes de los atentados terroristas del 11
de septiembre, tragedia que provocó posteriormente la
guerra y la partida de su esposo.
Tras siete años de servicio en
el Ejército ya pensaba retirarse. Hablaba de mudarse
a la Florida, soñaba con comprar un terreno y construir
una casa. Deseaba ver crecer a sus hijos, estudiar computación
y poner un negocio de construcción, según María Roxanna.
Ansiaba regresar de Afganistán
para ir a comer pizza y alquilar películas como lo hacía
todos los viernes con su familia, irse en un crucero
y comprarse un jet ski porque le fascinaba la playa.
También quería compartir con sus seis hermanos y estar
más pendiente de su madre. Aunque no le gustaba mucho
escribir cartas, sí telefoneaba desde el recóndito Afganistán.
Todos los sábados antes del mediodía, Orlando no fallaba
con su llamada.
El sábado 28 de marzo de 2003,
el teléfono en su casa en Carolina del Norte, cercana
al campamento militar Fort Bragg donde estaba estacionado
antes de partir para la guerra, permaneció silencioso.
Una emboscada le cegó la vida a Orlando después de regresar
de una misión de reconocimiento en una escuela donde
se habían reportado actividades de grupos terroristas
seguidores de Osama bin Laden.
Aunque todos sus sueños se quedaron
en el aire, no su recuerdo en las mentes y el corazón
de los que lo co nocieron y lo amaron. "El siempre será
para nosotros un héroe", dice Blanca.
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