Al inicio
de cada semestre escolar, doña Luz Elenia Rivera reanudaba
el ritual de retratar a sus vástagos por aquello de
registrar fotográficamente cómo iban creciendo sus muchachos.
Este era uno de esos pocos momentos en que su hijo Carlos
Miguel Camacho Rivera mostraba su rostro más serio ya
que siempre estaba ávido de embromar y, a la menor provocación,
mostraba su pianola dental.
 |
| A sus 10 años, Carlos Camacho
hace el saludo militar. (Album familiar) Arriba,
su madre, Luz Elenia Rivera frente a algunas fotos
familiares del joven soldado. (Juan Angel Alicea) |
Para su pose favorita, se paraba justo en la puerta,
juntaba sus pies y levantaba su brazo hasta hacer aterrizar
sus dedos sobre un lado de su frente haciendo el típico
saludo militar.
"Él siempre hacía eso cuando
lo retrataba", dice su madre.
Uno de sus juegos favoritos era
correr por los pasillos del Condominio Monserrate Tower
en compañía de su mejor amigo, José Canales. Ambos se
dedicaban a desenroscar las bombillas que iluminaban
los pasillos para lanzarlas desde lo alto como si fueran
bombas. "Hicimos eso hasta que un día nos cogieron",
narra José entre risas.
Ese saludo militar cada vez que
era fotografiado, los juegos y la pasión que tenía desde
niño por las figuras de acción de GI Joe avisaron, desde
que Carlos Miguel era niño, sobre su inclinación por
la milicia, cuenta doña Luz Elenia mientras saca otra
foto de su hijo cuando tenía 10 años de edad, también
haciendo el saludo militar.
Nueve años más tarde, Carlos
Miguel anunció que se enlistaría en el Ejército. "Mami,
si no me meto al Army me voy a la Policía", le dijo
a su madre.
A doña Luz Elenia nunca le gustó
la idea, pero lo apoyó. "Lo entregué a Dios y a la Virgen",
dice la mujer quien sustituyó la mesa del comedor de
su apartamento con un altar improvisado donde desfilan
fotos de Carlos Miguel y retratos de imágenes religiosas.
La atracción de Carlos Miguel
por el mundo militar su sumaba a sus otras tres pasiones:
los deportes, escuchar música y, sobre todo, comer galletas
con trozos de chocolate y todo tipo de chocolates en
general.
"La única forma de verlo molesto
era si le cogían sus galletitas", afirma su madre. Fuera
de eso, Carlos Miguel, ya casado y padre de un niño
de tres años, seguía siendo un niño de corazón, siempre
jugando y bromeando.
Ni sus colegas del Ejército se
libraron de sus bromas. Le escondía las almohadas, las
sábanas y los artículos personales; bromas que se encargaron
de esparcir su fama de ser el boricua alegre de la barraca.
"Él era el cerebro de las bromas",
señala su hermano Rubén, quien tomó el examen de ingreso
al Ejército junto a Carlos Miguel. "Él lo pasó y yo
me colgué".
Ya enlistado, una de las dificultades
más grandes que tuvo que vencer Carlos Miguel fue aprender
inglés. "Pero par de años más tarde ya tenía el acento
ese americano de la persona cuando se le está olvidando
el español y tenía el 'you know' pegao", dice Rubén,
hermano menor del soldado.
El 8 de octubre del año pasado
fue su última llamada a Puerto Rico desde Irak donde
combatía en la Compañía 38 de Transportación, del Batallón
11 de Transportación, con base en Fort Story, Virginia.
"Mami, ya estoy loco por salir
de aquí. La verdad es que tengo un poco de miedo", le
dijo en esa ocasión a su madre.
Doña Luz Elenia tragó hondo,
pero intentó inyectarle positivismo prometiéndole que
le enviaría un gran paquete de esas galletas de chocolate
que tanto le gustaban y otro surtido de chocolates.
Al cabo de cinco años de servicio
militar, Carlos Miguel quería salir del Ejército para
conseguir un trabajo en el Servicio Postal en el estado
de Virginia donde había sido entrenado antes de partir
a Irak. También pensaba tomar un curso como técnico
de refrigeración, según le contó en una ocasión a Wilmary
Pérez, su mejor amiga y confidente.
Debido al mucho tiempo que tardan
las cartas entre Irak y Puerto Rico, Carlos Miguel prefería
el teléfono como medio de comunicación.
"Mami, el año que viene cuando
regrese a Virginia te voy a mandar a buscar para que
veas que lugar tan bonito, porque a Puerto Rico yo no
regreso", le dijo a su progenitora en una de esas llamadas.
Más tarde, su madre supo que
Carlos Miguel habló con varios amigos a quienes comentó
que presentía que nunca saldría vivo de Faluya donde
combatía. Sus amigos también percibieron señales extrañas
en Carlos Miguel. "A veces se quedaba mirando a lo lejos
con la mirada perdida", cuenta su hermano narrando una
de las últimas visitas del joven a Puerto Rico.
Wilmary recuerda un correo electrónico
que Carlos Manuel le envió una vez. Le llamó la atención
que, en su mensaje, el soldado no bromeaba. En su lugar
pidió que oraran por él, una petición inusual.
Durante una emboscada, el 5 de
noviembre de 2004, un misil hirió de muerte al soldado,
quien falleció a los 24 años en un hospital en Bagdad.
Dos semanas más tarde del trágico incidente, doña Elena
recibió por correo la última carta que Carlos Miguel
le había enviado desde Irak. Pedía perdón y se despedía
de su familia.
"Recuerden lo alegre que yo era",
decía el joven en la carta.
Y así lo recuerda su familia
que asuman lágrimas cada vez que comienzan a hablar
de Carlos Miguel; lágrimas que se evaporan con el calor
de las risas que generan sus recuerdos.
|