FERNANDO MÉNDEZ ACEVES
MENSAJE DEL DIRECTOR
MENSAJE DE LA EDITORA
SOLDADOS
por Mayra Montero
Antonio J. Sledd Figueroa
Robert Marcus Rodríguez
Orlando Morales
Andrew J. Avilés
Gil Mercado Román
Richard Orengo
Kelvin Feliciano
Juan M. Serrano
Frances M. Benítez
Joel Pérez
Francisco Martínez Jiménez
José A. Rivera Aponte
Ernesto Blanco Caldas
Jocelyn Carrasquillo
Fernando Méndez Aceves
Melvin Mora
Jacob Mártir
Gary A. Vaillant
Michael A. Martínez
Carlos Camacho Rivera
Henry Irizarry
José A. Rivera Serrano
Pedro Muñoz Yambó
Lizbeth Robles
Julio Negrón
Francisco G. Martínez
Ramón Mateo
Aleina Ramírez González
Carlos J. Gil
Ramón Reyes Torres
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Emmanuel Hernández Cales
Manuel Hornedo
Miguel Carrasquillo
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Ramón Acevedo Aponte
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Milton Rivera Vargas
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Radamés Camilo Matos
Orville Gerena Quiñones
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Jesús M. Montalvo
Joseph Alomar
Karl Soto Pinedo
Ed Santini De Jesús
Jason Núñez
David Alonso Mejías
Anthony Palermo
Pedro Jesús Colón
María Inés Ortiz
Wilberto Suliveras
Julián Inglés Ríos
Gregory Rivera Santiago
Ricardo Xavier Rodríguez Fernández
Issac Thomas Cortés
Ulises Burgos Cruz
 

FERNANDO MÉNDEZ ACEVES
7-04-04

Edad:27 años
Lugar: Al Anbar, Irak
Circunstancias: Falleció durante operaciones de combate
Recordando a Fernando

Nació en Ciudad México en 1977, se crió en diferentes partes del mundo incluyendo Puerto Rico.
Pasiones: su familia y la milicia
Aspiraba ser "Navy Seal" y médico.
Amaba la salsa y las rancheras.

BUEN SAMARITANO
HASTA EL FINAL
por agnes j. montano - end.amontano@elnuevodia.com

Como buen mexicano, Fernando Méndez Aceves estaba orgulloso de su casta. Por eso, aunque consideraba a Puerto Rico como “su hogar fuera de su hogar”, el día que se graduó de la Caribbean School en Ponce se vistió de charro.

No era para menos, asegura su madre Sandra Aceves. Fernando, como sus tres hermanos y su madre, son orgullosos descendientes de indios zapotecas y vienen de una longeva familia con un honorable historial militar que se remonta a la lucha mexicana contra la ocupación francesa.

El soldado Fernando Méndez Aceves vestido de charro el día de su graduación del Caribbean School de Ponce. Arriba, Méndez, a la derecha, junto a un compañero en Irak. (Album familiar)

Su tatarabuelo, el general Rodrigo Zuriaga, fue abatido en combate mientras defendía la ciudad de Monterrey en lo que se considera como la última batalla derivada de la Revolución. Y en vez de nanas, Fernando, quien nació en ciudad México en 1977, fue arrullado por su tatarabuela, la matriarca de la familia, con canciones militares.

Por eso a nadie le sorprendió que su hermano mayor, Enrique, se enlistara en la Fuerza Aérea, y un año más tarde, a los 21 años, Fernando hiciera lo propio en Ponce, pero en la Marina de Guerra para perseguir una carrera como médico de combate.

"Yo lo fomenté (el respeto por la milicia), yo los apoyé", asevera Sandra mientras reitera que si tuviera que hacerlo nuevamente lo haría, aun cuando lleva en su traje la pequeña estrella dorada otorgada a las madres que han dado un hijo en batalla.

Desde pequeño Fernando demostró habilidad para desarrollar tácticas de ataque. Sandra recuerda que inicialmente la familia pensaba que Fernandito, como le decían, era "flojo" porque rehusaba dejar su andador a pesar de que tenía más de un año de edad. Lo cierto es que utilizaba el aparato para hacer tropezar a sus dos hermanos mayores y quitarles los juguetes. "Así les daba a los dos. No es que fuera vago, es que utilizaba el andador para aventajar a un oponente más grande y fuerte", asegura Sandra mientras se ríe del recuerdo de esa travesura. "No le tenía miedo a nada".

La nana de Fernando fue quizás una de las primeras en reconocer el coraje del chico, cuando sentenció, tras observar una de esas escaramuzas, que "este Fernandito hace las cosas con valor".

A los 6 años, Fernando y sus dos hermanos mayores dejaron a México cuando su madre contrajo segundas nupcias con un estadounidense que trabajaba en investigación y desarrollo y cuyo empleo con empresas multinacionales lo llevaba a diferentes rincones del orbe.

Así la familia llegó a Ghana en África Occidental y conoció de primera mano la cultura musulmana. Fernando tenía 10 años cuando arribó a Tailandia. "Fueron años muy difíciles. Era un trabajo continuo tratar de que los muchachos no perdieran de perspectiva quiénes eran: mexicanos e hispanos, con una cultura diferente", afirma Sandra.

Estando en Asia arribó Kenneth, el benjamín de la familia, y la vida de Fernando se transformó. Celosamente ayudaba a cuidar al bebé ya que Sandra había contraído malaria. Ese apego no cambió en la adultez. Los dos hermanos eran inseparables y Fernando cuidaba de Kenneth como lo hizo desde el primer día.

Así de querendón como era con su hermano lo era con su madre y su abuela, y le importaba un bledo de que lo tildaran de "mama's boy" cuando lo veían abrazándolas o besándolas en público.

En 1995, la familia se trasladó a La Rambla, Ponce. Allí Fernando, quien además de hablar español, inglés y francés, completó la secundaria, añadió salsa a su repertorio de rancheras, hizo su primer año universitario en la Interamericana de Ponce, e hizo su ingreso en las fuerzas navales.

"Quería ser 'Navy Seal' pero, imagínate, el pobrecito, viniendo de Ponce desarrolló hipotermia", narra Sandra.

Eso no lo desalentó. Tenía intenciones de volver a tratar suerte con el grupo elite. Mientras esperaba, fue asignado al hospital naval de San Diego, donde recibió el apodo de "Doc Méndez". Rentó un pequeño apartamento y trajo a su madre, que para entonces se había divorciado, y a Kenneth a vivir con él.

Las tareas de Fernando en el hospital incluían preparar a los soldados para ir a combate. Dado los valores con los que fue criado, se ofreció de voluntario para no abandonarlos. Después de todo, había sido adiestrado como médico de combate.

"¿Cómo iba a mandarlos (a combate) si no iba con ellos a ayudarlos? Él siempre cuidó a otros y esta vez no iba a ser diferente", asegura Sandra. "Si alguien sabía a lo que iba, ese era Fernando".

En la foto que le tomó Kenneth cuando Fernando partió para Irak, el marino mira intensamente a su tropa. "Mira esa mirada. Está preocupado. Él sabe que va a ir con ellos hasta el final", afirma Sandra mientras apunta a la foto que forma parte de un altar en la sala del hogar, en el que arde perpetuamente una vela, rodeada de innumerables recuerdos de Fernando, incluyendo una botella sin abrir de Corona, su cerveza favorita, una botellita de mezcal, y cartas de amigos que nunca llegó a abrir, entre otros.

Cuando el convoy de la compañía Eco fue emboscado en Irak el 6 de abril de 2004, Fernando fue visto arrastrando a heridos a lugar seguro antes de que su vida se apagara. La noche antes, el joven marino había soñado con su bisabuelo y había interpretado la aparición como una señal de protección. Para Sandra fue una señal inequívoca de que vino a buscarlo.

"Fernando vivió y murió con mucha honra. En mis noches negras, me pregunto si hay tal cosa como criar a un hijo demasiado bien", dice Sandra con voz queda y aguantando el llanto que se quiere derramar a borbotones de sus grandes ojos. "Entonces sale el sol y me acuerdo que mi hijo eligió lo que quería… no era un bebé y yo lo apoyé en todo… No es fácil. Bien sabe Dios que no es fácil, pero yo no voy a dejar de apoyar a mi hijo porque se haya ido. No puedo debilitar su espíritu ni su alma".