Joselito,
como le decía su familia, era muy estricto a la hora
de hacer su trabajo en el Ejército, pero en la intimidad
familiar gustaba ponerles sobrenombres a todos, darse
la cervecita, cocinar, tocar congas y escuchar salsa
"vieja".
El recuerdo de ese carácter alegre es lo que permite
que, a 18 meses del deceso, la familia del sargento
de primera clase José Rivera Aponte cuente, entre risas,
anécdotas del único varón de una familia de cinco descendientes.
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| Un recuerdo del verano de
1992, José A. Rivera junto a su hermana Ismarie
Rivera. (Album familiar) Arriba, el teniente coronel
John P. Johnson, izquierda, descubre una inscripción
en piedra para honrar a tres soldados caídos, entre
ellos José A. Rivera, el 14 de octubre de 2004,
en Carolina del Norte. (AP / Tracy Wilcox) |
"Me decía fichín", recuerda su madre, Carmen B. Aponte
Díaz, mientras su hija Carmen Milagros afirma que a ella
le decía "savoy", y su hermana Ismarie rememora que a
ella solía llamarla "jincha".
"Era charlatán. Le gustaba hacer
bulla", indica Carmen Milagros.
El joven de 34 años era paracaidista,
miembro de la División 82 Aerotransportada, con sede
en Fort Bragg, Carolina del Norte, murió en noviembre
del 2003 en medio de un ataque que sufrió su pelotón
en Irak. Llevaba 14 años en el Ejército.
Tanto su mamá como sus hermanas
y su esposa lo describen como amante de compartir con
su familia y señalan que, aunque tenía amigos de la
infancia en su pueblo, cuando venía de visita dedicaba
casi todo su tiempo a compartir en el núcleo familiar.
"El venía y cocinaba, y cocinaba bueno", afirma doña
Carmen.
Recuerda, entre lamentos por
la pérdida de su hijo, como en esas ocasiones éste le
decía "mami, siéntate, voy a cocinar, siéntate tú".
Ismarie también habla del gusto
de su hermano por la cocina y, cuando lo hace, parece
saborear el lingüini con camarones y el meat loaf con
papas majadas que vio preparar a José.
Su viuda, Sonia Rivera, recuerda
que el barranquiteño siempre llevó su patria y sus raíces
a dondequiera que iba.
"Siempre sacaba su tiempo para
tocar sus congas, cantar y escuchar su música jíbara.
Su salsa nunca podía faltar", asegura Sonia.
Ese gusto por la salsa y la música
típica se reveló luego de irse a Estados Unidos ya que,
según Ismarie, antes era rockero.
"Le encantaba el béisbol, el
baloncesto y el boxeo. Cuando estuvo en Alemania le
gustó mucho esquiar. Lo último que le gustó fueron las
motoras y se compró una para pasear", comenta Ismarie.
Esta recuerda que José entró
al Ejército casi por casualidad, luego de haber regresado
de Nueva York, donde la familia vivió unos años y donde
él terminó la escuela superior.
"Se matriculó en el Instituto
de Banca, en Cayey, para estudiar contabilidad y, en
eso, un amigo le pidió que lo llevara a Bayamón al centro
de reclutamiento para coger el examen del Army. Lo llevó,
y resulta que él también se metió a coger el examen
y él fue el que lo pasó y el amigo no. Eso fue como
a los 19 años y, desde ese entonces, eso fue su vida.
El Ejército le encantaba".
Le gustaba tanto que hacía los
ejercicios obligatorios sólo a las 4:00 a.m. y, luego,
a las 6:00 a.m. con sus soldados, dice su viuda.
"Le gustaba hacer su oficio a
la perfección y por esto y mucho más fue premiado con
un sinnúmero de premios por su labor", afirma Sonia
quien permanece en la casa que compartían en Carolina
del Norte con sus hijos, Orlando (20 años), Stephanie
(12) y Sergio (8).
"La condición física de él era
óptima. Tenía que estar 'cortao', si no, no era un soldado",
confirma Ismarie.
Los recuerdos que tienen los
hijos de José de su padre son tan dulces como las golosinas
que acostumbraba llevarles.
Stephanie afirma que su padre
pensaba en ellos antes que en él, y dice echar de menos
el gesto de llevarles dulces cada viernes. "Era muy
gracioso porque decía que los dulces que nos daba nunca
nos darían caries", recuerda.
Orlando dice sentirse orgulloso
de haber crecido bajo la tutela de Rivera, aunque no
fuera su padre de sangre.
Mientras que Sergio, el benjamín
de la familia, dejó saber inmediatamente lo mucho que
extraña a su padre. "Jugaba conmigo todo el tiempo.
Me compraba todo lo que yo le pedía y sobre todo me
daba mucho amor. Siempre lo amaré y estará en mi corazón
toda la vida".
La pasión de José por el Ejército
lo llevó a dejar un puesto de reclutador que tuvo en
Nueva York por dos años y medio, en el cual fue distinguido
como reclutador del año, para pedir voluntariamente
su regreso a Fort Bragg. Seis meses después, lo activaron
y dos semanas más tarde iba rumbo a Irak. Allí estuvo
tres meses.
Durante ese tiempo, fue con su
tropa tan protector como era con su familia, según relata
el sargento Manny Heredia, compañero de brigada.
"Cada vez que nos tocaba hacer
ronda, aunque no le tocaba, él se iba con nosotros pues
siempre le gustaba cuidar a su tropa. Yo sabía que él
daría todo por nosotros", afirma Heredia, quien también
destaca el carácter bromista de Rivera, en particular
su afición por poner sobrenombres.
Aún estando a millas de distancia
era apegado en extremo a su familia. José llamaba frecuentemente
desde Irak a su esposa, y si sus hijos estaban durmiendo,
le pedía a Sonia que los despertara para hablar con
ellos.
"El 4 de noviembre hablé con
él a las 9:00 p.m. y al día siguiente, a la misma hora,
en vez de recibir su llamada, tocaron a mi puerta para
darme la noticia de que había fallecido", recuerda Sonia.
La muerte de José impidió que
se cumpliera su sueño de retirarse con 30 años de servicio
militar para regresar al barrio Barrancas a construir
una casa en el terreno de su familia.
"Yo lo que sé es que yo he sufrido
y no me lo puedo quitar de mi alma, de mi corazón",
afirma doña Carmen. "Pero sé que él murió por lo que
quiso y por lo que le gustó: en el Army". |