Enamoradizo,
bromista, amante de las aventuras y los deportes extremos:
ese es el Francisco Martínez que conocieron sus familiares
y amigos.
Su madre, Luz M. Jiménez, no olvida las veces que llegó
con la barriga pelada, luego de una afanosa jornada
de “surfing”; ni cuando estaba horas deslizándose en
patineta sobre la rampa que se construyó cerca de su
casa; o las veces que se le perdía con el carro, para
luego confesarle que había viajado largas distancias
para visitar otros pueblos.
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| Luz M. Jiménez, madre de
Francisco, muestra una foto del soldado, quien ingresó
al Ejército a los 16 años y medio, y su sed de aventura
lo llevó a pedir voluntariamente su traslado a Irak. |
A "Caculito" como le llamaba cariñosamente su hermana
Lizbeth, le gustaba tirarse en "bungee jumping", manejar
avionetas y planeadores, y practicar karate.
Cuando su carrera militar lo
transportaba a otras tierras y extrañaba el terruño,
Francisco le pedía a su familia que le enviara arepas
con coco y galletas dulces. Cuando venía de visita esperaba
encontrarse con un buen pastelón de amarillos, su comida
favorita.
A sus 27 años, tenía novia, quería
casarse, comprar una casa en Carolina del Norte, y hablaba
de establecer un negocio con su amigo de toda la vida,
Héctor Aníbal Collazo. Pero sus aventuras y sueños cesaron
en noviembre del 2003 cuando una bomba estalló en la
ruta por la que transitaban él y otros militares asignados
a Irak.
Sin embargo, su padre, entre
sollozos, afirma que "si él volviera a nacer volvería
a apoyarlo" a entrar al Ejército. Daniel Martínez recuerda
que tuvo que firmar para que su hijo ingresara a la
Guardia Nacional con tan sólo 16 años y medio, y que
su sed de aventura lo llevó a pedir voluntariamente
su traslado a Irak.
"El estaba en Kuwait (haciendo
trabajos) en una oficina, y habló conmigo y me dijo:
'yo quiero irme para donde está la acción'", manifiesta
el padre sentado a pasos del cuarto en el que guarda
fotos, ropa, chapas de identificación ('dog tags') y
una bicicleta que eran de su hijo que, además de la
acción, amaba las travesuras.
"Cuando yo tenía como siete años,
mi mamá se iba a trabajar y nos dejaba solos. Echábamos
polvo en el piso y empezábamos a brincar y a bailar
y cuando mami llegaba teníamos un reguero", cuenta Lizbeth,
11 años menor que Francisco.
"Frankie", apodo con el que lo
llamaba la familia, nació en la ciudad de Nueva York,
pero se crío en Humacao desde que tenía pocos meses
de edad. Entró en la Patrulla Aérea Civil a los 11 años,
a los 16 años y medio entró a la Guardia Nacional y
cuando terminó la escuela superior se enlistó en el
Ejército.
"El no era un niño violento,
él era un niño pasivo. Eso era lo que más me extrañaba
de él, que no era un muchacho de pelear", relata Luz.
En uno de los pocos momentos
en que sonríe durante la entrevista, Luz recuerda una
madrugada en la que su hijo regresó ruidosamente de
un baile.
"Fue a una fiesta en el Colegio
Universitario de Humacao y fue bien bonito. Cuando llegó
de madrugada llegó haciendo ruido. Los zapatos hacían
'plá, plá'. Le pregunté (que era el ruido) y me dijo,
'mami, mira, a los zapatos se les rompió la suela'.
'¿Y qué hiciste? (le pregunté)'.
'Pues, seguí bailando'. Yo siempre recuerdo eso", señala
Luz.
"Era bien travieso. Si veía a
alguien serio, se ponía payaso para hacerlo reír. No
te podía ver deprimido", señala el amigo, quien revela
que no se perdona no haberle escrito a Francisco, como
éste le había solicitado.
Mientras, don Daniel recuerda
que su hijo tuvo muchas novias. "Eso era increíble".
Su pasión por las féminas estuvo presente en sus dos
despedidas. Según cuenta su madre, tenía intenciones
de casarse cuando se despidió de ellos al momento de
partir para el adiestramiento básico del Ejército. Desistió
de hacerlo a insistencia de sus padres. El tema surgió
nuevamente cuando se despidió de ellos para ir a Irak.
Esta vez los sorprendió cuando les dijo que se casaría,
pero con otra joven: Jamie L. Turner, a quien conoció
en los Estados Unidos a través de amigos mutuos.
Aún después de su muerte no dejó
de sorprenderlos en materia de mujeres. Durante la tramitación
de documentos les sorprendió la revelación de que Francisco
era divorciado. Al parecer, con Jamie, Francisco quería
comenzar un nuevo capítulo en su corta vida, fuera del
rigor militar. "El quería salir del Army para ser un
U.S. Marshall", asegura Jamie en entrevista telefónica.
La joven de 28 años, residente
en Tenesí, habla de lo mucho que a Frankie le gustaba
bailar, que quería casarse con ella en Puerto Rico,
tener muchos hijos y que le gustaba comer mucho. Esta
última particularidad le ganó el apodo de "lunchbag".
Sus compañeros del Ejército también le llamaban "heavydrop"
y "handyman". Este último apodo fue el que usó el sargento
que estaba a cargo de su tropa en Irak la última vez
que Francisco salió a dar una ronda.
'Handyman tengo algo para ti
cuando regreses', le dijo el sargento, según Jamie.
La contestación de Francisco fue sencilla pero contundente:
"Dios tiene cosas más grandes para mí". |