Por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com
Aníbal Acevedo Vilá no había ni salido aún del vientre de su madre cuando aprendía ya que su vida no iba a ser fácil. A doña Elba Vilá, relató hace unos años la mujer, se le diagnosticó tromboflebitis cuando tenía al futuro gobernador en la barriga y se le recomendó que abortara.
Doña Elba se negó, superó el quebranto, llevó a buen término el embarazo y Acevedo Vilá nació el 13 de febrero del 1962, sano y feliz.
Este hecho quizás explica la osadía y el ánimo temerario con los cuales Acevedo Vilá ha embestido los obstáculos a lo largo de su carrera política y los ha superado casi todos de maneras que normalmente dejan al País boquiabierto y atónito.
El desenlace ayer del caso federal ha sido sin duda su más audaz acto de escapismo, pero no es el primero y puede que tampoco sea el último. Es probable que intente un regreso al ruedo político, pero, una vez pase la euforia del triunfo y aterrice de nuevo en la realidad, volverá a ser visto a la medida de su gestión de cuatro años en la gobernación y de las profundas divisiones, ideológicas y de otra índole, que aquejan a su partido.
Puede que tenga éxito y puede que no. La historia, no obstante, sugiere que se trata aquí de un político de gran sagacidad y persistencia que sabe afrontar y superar desafíos.
En el 1998, por ejemplo, el Partido Nuevo Progresista (PNP) organizó una consulta de status en la que le impuso al Estado Libre Asociado (ELA) una definición específicamente diseñada para que nadie votara por la vieja fórmula de status.
Acevedo Vilá, que entonces tenía 36 años y había asumido la presidencia del PPD en el inmenso vacío de poder dejado por el resultado de las elecciones del 1996, se jugó la ficha de impulsar el voto por “ninguna de las anteriores” y contra todos los pronósticos ganó.
En el 2004, luego de que se rehuyeran las primeras dos opciones del PPD para la candidatura a la gobernación - la entonces gobernador Sila Calderón y el abogado José Alfredo Hernández Mayoral - Acevedo Vilá, otra vez, metió el pie al barco, de nuevo corrió atrás en todas las encuestas y obtuvo una victoria que hasta el último momento parecía improbable.
No había habido, hasta entonces, un cuatrienio más difícil. Se sentían ya los vientos de la tormenta fiscal que ahora sopla con toda fuerza. Pero la Legislatura dominada por el PNP bloqueó todo intento de atenderla.
Entonces, en junio de 2006, El Nuevo Día revela que hacía meses un gran jurado federal investigaba las finanzas de sus campañas.
Ante la mirada atónita del País, el gobernador en funciones y 12 colaboradores fueron acusados en marzo de 2008. Logró mantener la candidatura popular y en las elecciones de ese año enfrentó tres rivales: a Luis Fortuño, a la grave situación económica y al fantasma de las acusaciones.
Por primera vez, fue derrotado. Y fue derrotado de manera rotunda. Por 224,892 votos. Aquella tarde del 4 de noviembre, se le vio, por primera vez desde que el País lo conoce, sin palabras. Quizás no se sepa nunca cuál de sus tres rivales fue el victimario. Lo más seguro es que fue una combinación de los tres.
Ahora en que Acevedo Vilá ha vuelto a triunfar ante un rival que parecía invencible, cuelga de la conciencia del País la pregunta de si volverá al ruedo político. Al salir ayer del tribunal, fiel a su naturaleza de fiera política, fue ambiguo. “Regreso”, dijo en ocho ocasiones, aunque en ninguna fue específico.
Cualquier persona sensata le diría que se olvide de la política. Que se dedique a su familia, que tanto lo quiere. Pero tomando en cuenta el vacío de liderato en el PPD, las dificultades que confronta el gobernador Fortuño con la crisis económica y, sobre todo, el carácter temerario y obstinado de Acevedo Vilá, quién sabe.
Después de todo, en el fondo sigue siendo aquel niño que ni siquiera querían que naciera.