por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com
Para casi todos los efectos, el caso federal contra Aníbal Acevedo Vilá y su ex ayudante, Luisa Inclán Bird, terminó ayer.
Y terminó con una nota de stacatto, digno de los mejores thrillers de Hollywood, pues la decisión de la defensa de no presentar testigos supone un giro abrupto y dramático para el que sin duda ha sido el caso más sonado y más seguido en la historia de Puerto Rico.
No hay duda de que es una decisión tremendamente arriesgada, primero, pero no únicamente, porque el jurado se retirará a deliberar habiendo escuchado sólo lo que los testigos de Fiscalía tuvieron que decir, y sin que nadie se haya sentado en el banquillo a defender a Acevedo Vilá y a Inclán Bird.
La defensa ejecutó esta estrategia porque está absolutamente segura de que el caso no estuvo ni cerca de probarse. “El caso no está probado, y no tenemos necesidad de presentar testigos”, dijo Harry Anduze, abogado de Acevedo Vilá.
Además, la defensa parece haber apostado a que muchos de los testigos de la Fiscalía fungieron para todos los efectos como testigos de la defensa, porque a pesar de todas las revelaciones de ilegalidades y actos vergonzosos que relataron, nadie pudo decir que le constaba de propio y personal conocimiento que Acevedo Vilá sabía lo que se hacía en su nombre y a su favor.
Por el otro lado, puede interpretarse también que traer testigos para refutar lo que nadie alegó –que Acevedo Vilá fue participante directo y promotor de los actos ilegales que rodearon sus campañas, que es a fin de cuentas de lo que está acusado– la defensa le habría dado a la Fiscalía varias semanas más para seguir martillando en la conciencia de los miembros del jurado su versión de los hechos.
Todo el que ha mirado sin pasión este caso sabe sin lugar a dudas dos cosas: que nadie vinculó directamente a Acevedo Vilá con los hechos alegados, pero que parece haber abundante evidencia circunstancial de que tenía que haber sabido lo que ocurría.
El argumento principal de la Fiscalía es que Acevedo Vilá pasó demasiado tiempo muy cerca de los que perpetraron los delitos como para no haber sabido, sospechado, imaginado o intuido nada. Esto es evidencia circunstancial 101 y en esto descansa su caso.
¿Sabían los acusados?
Las preguntas que todos tenemos que hacernos ahora, y que tendremos la oportunidad de seguir haciéndonos mientras se produce el veredicto del jurado son las siguientes: ¿aceptará el jurado que los acusados no sabían, o aceptarán la evidencia circunstancial? ¿Permitirá el juez Paul J. Barbadoro, quien pareció ser uno de los más sorprendidos con la estrategia de la defensa, que se llegue a una convicción a base de evidencia circunstancial?
Y finalmente, la principal pregunta, la más apremiante de todas: ¿podrán los 12 miembros del jurado, en un caso de hechos tan envueltos en brumas ponerse de acuerdo para llegar a un veredicto unánime, que es el único aceptable en la jurisdicción federal?
Sólo al final de los próximos y tensos días sabremos.